CONFLICTO SINDICAL DESEMBOCA EN TEMAS COMPLEJOS.
Viernes. El martes volví a ir al puerto, a ver si volvía a ver la mano ondear en lo alto de la fortaleza, pero no. El miércoles también fui, ayer también y hoy estoy aquí nuevamente, pero tampoco. Estoy comenzando a pensar en que, tal vez, fue todo producto de mi imaginación.
Lunes. No aguantaba más el encierro. Estaba sofocado. Vi al guardia que dormía profundamente, soñaba con un laburo como la gente en el que no estaba preso con nosotros. Así que corrí la pequeña biblioteca de mi celda y busqué un poco de aire en la ventana, en lo alto de la celda. Llegue estirandome como si fuera un muñeco de goma, pero sentir el aire del mar, oler el olor a sal y escuchar el rugido de las piedras frenando la estampida líquida, lo valía. Me senté en el marco, el cual es bastante ancho, las paredes son de un gran espesor. Saqué mi brazo por entre las rejas para sentir las rafagas de viento sin intermediarios de hierro. Todos los días subía a respirar aunque sea unos minutos.
Siempre había un sujeto mirando hacia mi ventana, miraba como buscandome. Así que el sabado, cuando volvió a aparecer, lo señalé para que sepa que me dirigía a él.
Sabado. Volví a ver la mano asomarse en lo alto de la fortaleza. Pero esta vez fue algo extraño, al mirar hacia la ventana vi la mano señalandome. Me asusté un poco, porque estaba rígida en dirección hacia mi. Comencé a acercarme y el dedo índice me seguía como un faro a un barco llegando a puerto. Cuando estaba llegando bajo la ventana de la cual salía la mano, ésta se metió para adentro y dejó caer una piedra con un papel atado.
Le anoté mi nombre y el horario de visitas del domingo, y le aclaré que se presentara de imprevisto, así parecía que no era la primera vez que iba a visitarme. No sé cómo habrá tomado esto el sujeto. No me importaba mucho, era como un pasatiempo para distraer mi mente de el lugar en el que me habían metido. Como si estuviese jugando al amigo invisible.
Horacio era su nombre. Celda 313. La nota decía esto y que vaya mañana sin previo aviso, para que piensen que ya he estado ahí antes. No entendí muy bien eso. Fui caminando por la costa, como hacia siempre, mirando la ventana, a ver si tenía algo más que decirme antes de entrar pero no se veía nada que llamara mi atención desde su posición.
Llegue al sitio, el portón exterior estaba abierto como si se tratara de un museo.
Ya dentro, nadie vino a recibirme. Se apreciaban más fuerzas de seguridad en un jardín de infantes que aquí. Fui acercándome a la celda 313, siguiendo las indicaciones de Horacio.
Recién al llegar a las celdas me encontré con un uniforme. Sentado, desparramado en una silla pequeña estaba el guardia, un gordo con la gorra tapando la luz que le daba en la cara.
“¡LLEGASTE!” se escuchó venir desde las celdas. “Vení, pasa. No hay problema” me dijo una voz. Pasé y me sorprendió la quietud del sitio, parecía un galpón abandonado. “Viniste. Que bien, muy bien” me dijo. “Me daba intriga. Ví tu mano por la ventana una vez y cuando me señalaste quería saber de qué se trataba. ¿Qué es lo que está pasando?” le dije buscando respuesta. “Nada. Quería un nuevo vecino.” contestó con tonada sínica pero amistosa.
Nunca más se volvió a ver al sujeto caminar por la costa ni se supo nada de él. De vez en cuando se veía una mano asomarse por la ventanas altas de la fortaleza del puerto. Pero qué clase de loco se acercaría hasta la ventana de un convicto para preguntar qué se le ofrece.

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